Mi Hermano tiene eyaculación precoz!

Mamá había salido a trabajar, y yo estaba de vacaciones en la Universidad. Mi nombre es Erika, tengo 21 años, estudio cuarto año de medicina en una universidad en Quito, y para serles franca, mis amigos dicen que estoy buenísima. Me encanta mi cuerpo y estoy orgullosa de mis caderas, de mi trasero, pero sobretodo de mis pechos. Mis tetas son de infarto, no se cómo llegaron, pero cada día agradezco a Dios por habérmelas dado. Soy estudiosa y amiguera, y por ahora no tengo ningún enamorado, quiero primero terminar mis estudios.

El asunto es que me había puesto a limpiar la casa, en donde vivía junto a mi mamá, que trabaja todo el día, y mi hermano, Sebastián de 18 años, quien el día de hoy era un muchacho lindo, alto, fuerte, atlético, siempre alegre y optimista. Hacía un año había ingresado a la universidad para estudiar sicología. Sin embargo, últimamente lo veía triste y preocupado.

Regresando a la historia, estaba en mis labores de limpieza de la casa, y cuando ingresé a limpiar la habitación de Sebas, vi que no había apagado su computadora, estaba prendida, y el tema que tenía en la pantalla era algo que me dejó perpleja: cómo combatir la eyaculación precoz? Por un momento pensé que era un tema de la Universidad, pero después de un momento me pregunté si no sería un problema que tenía Sebas. Ingresé a su Messenger y vi entre sus conversaciones, que le pedía disculpas a su enamorada, de nombre Mía, por no poderse controlar y venirse tán rápido. Le pedía perdón y le pedía otra oportunidad. Parecía que las cosas no iban muy bien. Primero me sorprendió que mi hermanito ya estuviera en estos asuntos de sexo, pero más me preocupó que no fuera feliz, siendo el sexo una de las satisfacciones más grandes que puede tener una persona.

Salí de su habitación y cuando terminé de limpiar, fui a mi habitación prendí mi computadora e ingresé a Internet, y me dediqué a buscar artículos referentes a la eyaculación precoz, y encontré varios estudios que hablaban de la técnica de Kegel, y que consistía en la contracción de los músculos pélvicos para controlar la eyaculación precoz.

Encontré que los músculos pélvicos son aquellos que se encuentran entre los testículos y el ano, y había que contraerlos lo más que se pueda para poder controlar la eyaculación. Recomendaban hacer ejercicios contrayendo y relajando estos músculos por 5 segundos, unas 30 veces por día.

También recomendaban hacer un masaje dentro del ano, sin llegar a tocar la próstata.

Igualmente señalaban que era importante mantener una cierta frecuencia en las relaciones sexuales. La falta de sexo puede derivar en una pérdida temporal del control de la eyaculación; pudiéndose agravar con el tiempo y la falta de dedicación.

Recomendaban tener al menos 3 relaciones sexuales por semana, no masturbaciones, porque correrse la paja no incrementaba el uso del músculo pélvico que era el que controla la eyaculación.

Me propuse ayudar a mi hermano, y que pudiera superar este problema sea como sea, aunque me tuviera que sacrificar por el. La verdad, era que el tema me estaba poniendo calientona, y el sólo hecho de pensar en ayudarlo a tener la verga parada más y más tiempo, me ponía a mil por hora.

Como sabía que mi mamá no llegaría hasta la noche, y Sebas llegaría a almorzar y después a jugar con el Play, decidí bañarme y ponerme lo más linda y seductora posible, para hablar sobre el tema, darle confianza y también para provocarlo y hacerle ver que su hermanita lo podía ayudar en toooodo.

Mirándome al espejo, me puse linda, con una tanguita tipo hilo dental que separaba mis pompis, una minifalda que se levantaba a la primera brisa y un polito que dejaba ver mi ombligo. No me puse brassiere, para que pudiera ver mis pechos.

Cuando Sebas llegó me dijo. « hermanita, qué linda estás » y noté que no dejaba de ver mis pezones duros y mis piernas también duras y redonditas. Le dije siéntate hermanito, hoy quiero celebrar, y sin decirle el motivo, le ofrecí un Cuba Libre que había preparado, y que él se lo tomó de inmediato. Esto lo relajó, preparé un segundo Cuba Libre, y después de conversar un momento cosas sin importancia, le pregunté cómo iban las cosas con Mía. Se puso un poco triste, me dijo que las cosas no iban muy bien, pero no me quiso contar la razón. Después de mucho preguntarle yo, por fin me dijo que se estaba sintiendo mal, porque no podía hacer gozar a Mía como él quería, que apenas tenía su pene dentro de ella, se venía, que no podía aguantar y que por más que trataba, eyaculaba de inmediato. Mía al principio le decía que no se preocupara, que eso estaba bien, pero él se daba cuenta que ella se empezaba a aburrir, y en una oportunidad Mía le dijo que era un desconsiderado, un egoísta, y que no podía creer que no pudiera esperarla.

Sebastián estaba desconsolado porque realmente quería a Mía, y porque quería que ella se sintiera feliz y plena sexualmente.

Yo le dije: hermanito, entonces yo tengo la solución, estudio medicina y quiero ayudarte, pero tienes que confiar en mi.

Me miró de pies a cabeza, y con una sonrisa me dijo, hermanita, me pongo en tus manos.

Aunque no teníamos tanta confianza y no nos veíamos desnudos, salvo por casualidad, lo llevé al baño de mi madre que tiene un jacuzzi, puse agua tibia, le quité toda la ropa, lo sumergí en el agua y le dije que descanse y se relaje. Aproveché para poner música muy suave, incienso con olor a sándalo para llenar de olor sensual el ambiente, y después me acerqué a el.

Con una esponja y jabón empecé a frotar sus hombros suavemente, al ritmo de la música, haciendo círculos suaves sobre sus anchas espaldas. Esto le fue gustando y por sus ojos noté que se iba relajando y soltando. Aproveché para quitarme lentamente la faldita y el polo y quedarme sólo con la tanguita que como dije separaba armoniosamente mis nalgas. Seguí frotando su espalda, pero poco a poco fui bajando hasta tocar sus nalguitas duras y redondas, y de allí seguí y seguí hasta llegar a su ano, a su huequito trasero. Primero le sorprendió, y antes que dijera algo le dije, hermanito, confía en mi, déjate llevar. Accedió. Yo seguí frotándole el ano, y poco a poco metiendo uno de mis dedos. Sebas cerró los ojos y vi que le pene se le puso duro como una roca. Tremenda pieza que se manejaba mi hermanito!, grande, dura, gorda, provocaba agarrarla allí mismo. Sin embargo seguí y seguí haciéndole este masaje anal, y él seguía y seguía gozando. Quiso llevarse la mano al pene para masturbarse y le dije: no hermanito, no hagas nada, déjate llevar. (esto no convenía porque lo que buscaba era mantener la erección el mayor tiempo posible, y ejercitar sus músculos pélvicos).

Después de más de 20 minutos de ver parada la verga de mi hermano, lo saqué del jacuzzi y lo sequé (seguía con el miembro parado). Lo llevé a mi dormitorio allí lo eché a mi cama y por primera vez empecé a besarlo suavemente en la boca. El se dejó hacer. Correspondió a mis besos mientras acariciaba mis tetas y mis nalgas, yo miraba que seguía erecto y poco a poco fui bajando para introducir su miembro caliente en mi boca. Empecé a lamerlo y lamerlo cual bola de helado hasta que sentí que estaba por venirse, en ese momento le toque los músculos pélvicos que como dije se encuentran entre los huevos y el ano, y le dije, hermanito contrae esta parte, fuerte fuerte, aguanta. Lo hizo, y efectivamente no se vino, no salió el chorro de esperma que el ya tenía listo para disparar. Le dije: viste?, el tema está acá, entre tus huevitos y tu culito, cada vez que sientas que te vas a venir, presiona este músculo, contráelo y se va a detener la eyaculación, no el deseo, porque vas a seguir con tu miembro bien paradito haciendo gozar a tu pareja.

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El me miró y sólo me dijo: sube hermanita y practiquemos. Yo ni corta ni perezosa, me quité la tanguita que a duras penas podía contener toda la humedad que tenía en mi cuquita, y me subí sobre el pedazo de carne de mi hermano y prácticamente me entornillé en el. Estaba caliente y muriendo de deseos de sentirme atravesada por el. Empecé un movimiento cadencioso de abajo hacia arriba, mientras él tomaba mis tetas y las estrujaba como buscando exprimirlas, y cuando sentía que estaba por venirse le susurraba al oído: hermanito contrae tu culito. El sonreía y yo sentía como contraía el músculo con el pene erecto como una torre y no se venía. Repetimos varias veces esta operación y el aguantaba la eyaculación. La que se vino varias veces fui yó, que sentía no poder aguantar más el placer que me producía esta situación. Cambiamos de posición a perrito, donde el veía mi culo grande y redondo y allí sí sentí que Sebas no iba a aguantar, le dije en tono serio, concéntrate y sigue tirándome carajo!!. El entendió, contrajo su culito otra vez y siguió adelante. Fue increíble, estuvimos más de 10 minutos en esa posición, y yo tuve mi tercer orgasmo!!

Finalmente cambiamos de posición otra vez, esta vez frente a frente, con mis piernas sobre su hombro, y mientras me besaba apasionadamente sentía cómo me atravesaba con su tremendo pene, y cada vez que estaba por eyacular, contraía el músculo y continuaba, siguió así, incansable, hasta que me vine por cuarta vez. Eso era mi record mundial para una sesión, y seguramente era largamente el record de Sebas en cuanto a tiempo tirando. Al final le supliqué que se venga conmigo, a lo que él, siempre obediente empezó a empujarme con más fuerza, salvajemente, hasta que esta vez no contrajo su culito y se vino en una sola explosión, que me hizo sentir cómo todo su semen caliente, quemante entraba a mis entrañas. Que rico papi!!! Fue lo único que le pude decir. Yo estaba exhausta pero feliz, era la primera vez que lo hacía con mi hermanito, y me sentía plena, pero sobretodo, sentía que lo había ayudado a superar un problema.

Le dije que había estado delicioso, que era el mejor sexo que había tenido en mi vida, y que esperaba que esto le sirviera para su relación con Mía.

El también estaba feliz, me besaba, me acariciaba, me agradecía, me dijo que nunca había durado tanto tiempo, que vá! ni un minuto! Ahora había estado más de una hora tirando y tirando sin venirse.

Nos bañamos, no teníamos hambre, así es que nos recostamos otra vez, y mi hermanito ya estaba otra vez con el pene parado, era él quien ahora tomaba la iniciativa, y me dijo, hermanita, tenemos que seguir practicando, pero esta vez fue él quien empezó a acariciar mi culito y a dar vueltas con un dedo dentro de mi ano, luego dos dedos, luego tres, y finalmente, con bastante saliva, metió su verga dentro de mi culito. Francamente no me dolió nada, estaba todavía bastante relajada del polvazo anterior, así es que sentí mucho placer cuando empezó a moverse dentro de mí. Ya controlaba mejor sus músculos pélvicos y a mí me daba mucho placer. Mientras me enculaba, le enseñé a mi hermanito dónde quedaba mi clítoris y cuáles eran los puntos de mi cuerpo donde el al tocarme me hacían sentir electricidad y deseo de ser atravesada. El era un alumno aplicado y pude tener un quinto orgasmo en ese día, algo que no me había propuesto, al venirme junto con el después de más de 20 minutos de mete y saca de su pieza en mi culo.

Le dije mientras nos bañábamos juntos nuevamente: Sebas, por favor este es nuestro secreto, yo he gozado mucho enseñándote estas cosas para que las pongas en práctica con Mía, y no tengas este problema de eyaculación. Pero por favor no se lo comentes a nadie, y gózame cada vez que quieras.

Así sucedió, Sebas le dio a Mía una tremenda lección de sexo, hasta ahora la tiene loca, lo han hecho en todas las posiciones y formas y en todos los lugares. Inclusive lo ha hecho en su habitación con Mía, y como premio por mis esfuerzos, me ha dejado que los vea tirar juntos sin que ella sepa, lo cual a mí me calentaba mucho y hacía que me masturbe como una loca desenfrenada.

Seguimos tirando como adictos al sexo cada vez que podemos, Sebastián se ha convertido en mi amante, y practicamos posiciones nuevas y cuando tenemos alguna duda respecto al sexo, buscamos la solución juntos. Esto me ha dado tranquilidad y relajo. Tengo actualmente un enamorado, con quien ya tiro, y me gusta, pero no se compara en nada con mi amante y hermano, Sebastián!

El despertar sismico de una sacerdotisa

Tengo 23 años, soy el mayor de mis otras dos hermanas, y estamos en la casa de campo con toda mi familia, en el último fin de semana de vacaciones estivales, preparando las maletas para la vuelta a la ciudad.

Habíamos recibido de visita, a la tía sor Patricia, monja y hermana menor de mi padre. Hacía tiempo que no la veía, teníamos una antigua amistad. De facción elegante y seria, cariñosa y de moral flexible para su formación clerical. Cuando joven era flaquita, cosa que me fije apenas la vi, estaba más madurita, había engrosado en sus caderas y pechos, mejorado con creces su muy buena figura, que ocultaba muy bien bajo su recatada ropa.

Esa noche en pleno sueño, nos despertó un violento y destructivo movimiento de tierra, acompañado con un gran ruido venido de las montañas. Fue un tremendo terremoto, que duró varios minutos, ¡se nos hizo casi eterno! Entre rezos de mi madre y mi tía, gritos de mis hermanitas y las ordenes de mi padre, creíamos que la casa se iba a desplomar. Fue un terremoto con doble epicentro, el quinto más grande del mundo, de una intensidad 8,8 grados Richter, con una extensión de400 kilómetrosde largo. Por suerte que la casa era chiquita, de madera y firme. Mucho de nuestros vecinos y aldeanos, con construcciones de adobe (barro y paja) no corrieron la misma suerte, hubo mucha ruina

Pasamos toda la noche en vela, tratando de ayudarnos los unos a los otros, y lograr sobreponernos al nerviosismo y a la emergencia inmediata. En esa noche, cálida e iluminada por una hermosa luna llena, cada uno se levanto con lo puesto. Mi madre sexy como siempre, cubierta sólo con una cortita blusa transparente y debajo totalmente desnuda, mis hermanas en cortas camisas con pequeñitas braguitas, mi padre y yo en sungas, y la tía monjita sin perder el orden de su pelo tomado con moño, vestía su camisón de dormir blanco y largo, que al trasluz dejaba ver una difusa silueta, en una amplia ropa interior. En un ambiente de completa desinhibición colectiva, nos dimos afecto tocando y rozando las pieles de nuestros cuerpos semidesnudos. Todos lo necesitábamos, para calmar el pánico generalizado del grupo. Me toco encargarme de mi tía. Abrace un cuerpecito tibio y cálido. Capté en ella la falta y necesidad de afecto.

Recién al amanecer, al dimensionar la destrucción generalizada de la aldea, mis padres tomaron la decisión de marcharse a la casa de la ciudad, con toda la familia. Yo decidí quedarme para ayudar a las familias damnificadas y en ruinas. Mi tía, muy solidaria y decidida, también prefirió acompañarme.

En una gratificante labor solidaria, los días fueron duros y extenuantes. Llegábamos cansados y sucios. En duchas improvisadas, lavábamos nuestros cuerpos llenos de polvo y sudor. No había energía eléctrica, teníamos que alumbrar con velas y cocinar con fogatas a leña.

En estas noches cálidas de verano, nuestros cuerpos acalorados y de mucha adrenalina diaria, necesitaban relajación. Después de lavarme, me refrescaba en una pequeña piscina de poliuretano, que usaban mis hermanitas. Mi tía, al principio no se atrevía entrar conmigo, pero después tomo valor, y se sumergía con un amplio y antiguo bañador. En esos encuentros acuáticos, habíamos inventados una serie de juegos de manos y suaves roces de tactos.

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Acostumbrada a usar ropa muy recatada, el exceso de calor y la mayor confianza conmigo, decidió ocupar la ropa más liviana y ligera de mi madre. Tan acalorados llegaban nuestros cuerpos, que incluso decidió usar la ropa interior de mi madre. ¡Qué cuerpecito más rico comencé a descubrir! Apareció su piel de tostado natural y el inicio de unos suculentos muslos. Con las blusas delgadas y rebajadas, se le veían unos medianos y bellos senitos. Su cara se veía menos tensa, de noche se soltaba su largo pelo negro y su cuerpo en una actitud menos inhibida. La puerta de su habitación ya no la cerraba como antes. ¡Estaba cambiado su semblante, en una morena madura muy atractiva y suculenta!

En las tardes nos sentábamos en la terraza, a charlar y beber vino o cerveza, a confesarnos nuestros sueños, deseos y frustraciones. Fuimos tomando mayor intimidad, que nos hacía sentir más unidos y cercanos, acrecentada por nuestra causa solidaría.

Ella más madura, sensible social y espiritualmente, pero inexperta en cercanías e íntimas de cuerpos, lograba avanzar en sentir y captar el descubrimiento físico de nuestros cuerpos. Se dejaba ver más abiertamente y en exponer sus virtudes físicas, en nuestra deseada soledad nocturna. Comenzó a ponerse los bañadores ceñidos de mi madre, marcando sus exquisitas curvaturas de su inexplorado cuerpo, jamás exhibidas a un hombre. ¡Me estaba provocando fuerte y repetidas irrigaciones sanguíneas!

Comenzamos a sentir la química y atracción de nuestros cuerpos. Me recostaba sobre mi cama en sunga, y ella llegaba a contemplar con su ingenua mirada, acompañado de inocentes caricias sobre mi cuerpo deportivo. ¡Me excitaba, y me encantaba provocar su curiosidad!

Al atardecer, esperaba ansioso que se vistiera con las sensuales ropas de mi madre, anhelando la mayor desinhibición de su acalorada y tostada piel. Colmo mi atención, cuando ocupo una de las camisas sexys de dormir de mi madre. Con gran rebaje mostraba sus redondos y firmes senitos y unas suculentas caderas cubierta por una diminuta braguita. ¡Se veía muy sexy, transformándose en una verdadera sacerdotisa, insinuante y provocativa!

Ella muy melancólica y triste por los damnificados del terremoto, me pidió que la abrazara. Al fin, logré sentir el suave roce de sus senitos y su piel sobre mi inquieto bulto de la entrepierna. Fue como una declaración de amor. Angustiada me pidió que esa noche, la cuidara y le diera mi protección. Necesitaba mucho afecto. Era como un deseo físico, que lo camuflaba en su pena por los demás. A mi me palpitaba todo, con esta mayor apego de nuestros cuerpos, sin saber hasta donde podría explorar, lo nunca explorado.

Nos acostamos en su cama. Traté de evitar lo inevitable, pero la hinchazón de mi carne se expresó, con irreversible aumento. Su cuerpo se adoso en varios puntos al mío, mi tacto captó la tibieza de su piel. Notaba que sólo deseaba sentir un cuerpo que le entregara afecto y delicadas caricias en su cada vez más sensible piel. ¡No debía confundir el deseo físico con el pecado! Se fue calmando y relajando. ¡Así, se quedo dormida, sin apresurar mi ansiedad!

Al siguiente atardecer, me fui a meter a la pequeña piscina, ¡y que agradable sorpresa! Ahí estaba ella, en uno de los más pequeños y sexys bañadores de mi madre. Primera vez que veía a la luz del día, y a plenitud, toda la dimensión de su voluptuoso y recién descubierto cuerpo. No podía creer, ver tanta perturbadora visión al alcance de la mano. Los juegos de manos y caricias inocentes, que acostumbrábamos jugar, los modificamos a algo mucho más provocativos, ante la excitante realidad. Ella estaba mucho más segura y feliz, el brillo de sus ojos y labios con más sensualidad que antes, me incitaba a acelerar nuestro avance del reconocimiento táctil y de desinhibición corporal. El lenguaje físico y verbal, cada vez más insinuante, hacía que nuestras hormonas se acelerarán. Sentía el perfume natural y sexual, era una atracción salvaje y animal. Estaba mareado con todo el aroma erótico de esta sensual sacerdotisa.

Esa noche al acostarme, de manera intencional me pasee desnudo, frente a su habitación, con la intención de provocarla. Ella no dijo nada. Sólo me interesaba que percibiera en silencio, el clamor de mi brutal deseo.

Sentí más tarde, en la oscuridad de la noche, los pasos livianos y elegantes de la sacerdotisa. Llegó a mi lecho, y percibí un leve movimiento de su cuerpo sigiloso acomodándose a mi lado. Llevaba puesto una delgada y corta camisa de dormir de mi madre.

Me quedé quieto y sin alterar sus movimientos, deje que ella actuara. Abrazó y envolvió con sus entrepiernas uno de mis muslos.

¡Grata sorpresa! No llevaba nada debajo de su camisón. ¡Estaba completamente desnuda!

Comenzó a realizar un inocente y suave movimiento, acariciando sobre mi piel la suavidad de su vello púbico.

Se me declaró una tremenda erección en mi ansioso e irrigado pene. No quise perturbar su acción. Sólo con delicadeza, tome sus caderas y empuje sus gruesos glúteos, asintiendo su actuar, siguiendo el ritmo de sus movimientos. Pero sin perturbar e intervenir su inocente accionar. La deje que se entregará a sus frustrados y reprimidos deseos de mucho tiempo. Mi carne casi reventaba, pero me mantuve firme en que ella expresara sin perturbar todos sus deseos. Una parte de su muslito tocaba mi erguida carne, reconociendo sectores desconocidos de un macho. Noté que su frotación se suavizaba, por su mojado y tierno sexo. Emitiendo sus primeros gemidos, acallados por mucho tiempo en su alma. Se afirmaba y apretaba mis hombros para permitir sus deslizamientos. Me mantuve pasivo, para no alterar su reprimida excitación. Hasta que su ser, se desahogó en gritos guturales, acompañado de movimientos más acelerados y desordenados. Terminó con aullidos de placer y satisfacción, expresado en fuertes temblores y vibraciones de todo su cuerpo. Este esquicito cuerpo desaforado, descubridor de su propia piel y de su inexplorado sexo, estremeció mis hormonas. Terminó en un sollozo de felicidad, sumiéndose en un abrazo sobre mi cuerpo. Abrazando y acariciando con mis ansiosas manos, todo su dorso y carnosos glúteos, dándole toda mi aceptación y protección. La bese en su cara, su frente, para que descansara de su gran hazaña. Le dije un par de palabras, y deje que se repusiera sobre mi cuerpo.

Al rato después, más sosegada, comenzó nuevamente a mover su inquieto cuerpecito. Le quité su camisón, para sentir toda su desnudez y la subí hasta adosar su lubricado sexo al mío, y se frotara sobre mi hinchada y gruesa carne. Ahora tenía a alcance de mi boca sus senitos. La asistí de manera más activa, devorándola con mi boca y acariciando con mis manos los lugares más escondidos de su exquisito cuerpo. Pude tocar y rozar con mis dedos su hendidura ardiente y resbalosa. Esta vez, noté que controlaba mejor sus movimientos y disfrutaba del placer de sentir la estimulación de su clítoris, recién descubierto. Yo también, disfrute de todo su hermoso y deslizante cuerpecito, reflejado a la luz de la luna. Me faltaban manos para amar a esta sacerdotisa, real y apasionada. Ella necesitaba que un macho la devorara. Terminaba extenuada y agotada, acurrucándola sobre mi cuerpo.

En el descanso, nos manteníamos fuertemente abrazados.

¡Ella no quería tregua! En el siguiente embate, al notarla más segura en su sensibilidad física, me atrevía a más. La volví de espalda, y fui descendiendo con todo mi cuerpo y boca, degustando con mi lengua todo su cuerpo hasta llegar a sus pies. Ascendí a su velludo y suave monte, inspirando todo el aroma de su hendidura. Me saboree, toda su secreción de hembra en celo. ¡Ricos y sabrosos jugos! Hasta que se torció, temblando todo su cuerpecito de placer. Me quede pegado a su “conchita” y su “botoncito”, sabrosa al gusto y estimulado por sus gemidos. Todo mi cuerpo activado por el frenesí de mi hembrita. Mi boca cansada, pero mi lengua no paraba, de tragar tanto juguito excitante de la carne. Nunca había sentido tanto temblor de cuerpos, de amantes apasionados desgarrando carnes muy bien condimentadas. Termino en un gran aullido y gritos ahogados de placer. Me acerque a ella, esta vez yo me arrime a su cuerpo, manteniendo suaves caricias hasta tranquilizarla.

Mi carne aún dura, pero adolorida de la presión fuerte de la sangre sin explotar. Ella como intuyendo, bajo hacia mis pies y comenzó un lento y exquisito recorrido con su boquita y suaves manos, hacia mi miembro endurecido. Lo contemplo, y beso todo el alrededor, mordiendo mis “huevos” y acercándose a la raíz de mi verga expectante. Mordió con suavidad, el grueso tronco, como palpando toda la figura desconocida. Quizás cuantos penes, en sus secretos sueños, habría anhelado. Yo ardiendo, decidí girarme hacia sus pies, para quedar con todo su culito a mi entero alcance, y ella con lo mío. A medida que uno aceleraba, el otro reaccionaba con frenesí, como comunicando nuestros sentimientos y deseos.

Ya era una diosa del amor, ¡era mi diosa! ¡Qué afortunado!

Su boquita muy suavecita, me imaginaba su conchita por dentro, jugosita y estrechita. Continuamos con los juegos, caricias y besos mutuos, metiéndome en todos sus lugares secretos y jamás franqueados. ¡Una delicia de mujer! Ahora, mucho más segura, se reía de las caricias y cosquilleos recibidos. No parábamos, como si el tiempo hubiera desaparecido o el mundo se fuera a terminar. No quería perder el tiempo en otra cosa, que no fuera en ella. Nuestros cuerpos sudorosos y empapados las sabanas. En una noche cálida e iluminada por la luna, nuestros cuerpos brillaban, como los ojos negros de ella. No quería que esto terminara, pero yo quería terminar y eyacular todos mis jugos reprimidos, retenidos por la fuerte presión de la sangre.

Ella no quería parar, deseaba recibir todo lo que nunca había podido disfrutar en su obligado celibato. De manera sorpresiva para mí, pero una necesidad para ella, se monto sobre mi pene, engulléndolo suave pero profundo en su ansiosa y mojada hendidura, y tener una carne viva en su interior. En un lento y suave cabalgar sobre mis caderas, sentí su cuerpo remecerse y todos sus músculos temblar. Ella “se monto en el macho”, y dominaba todos los movimientos de la penetración. Parecen balanceos reflejos e involuntarios, pero ella totalmente consciente de un deseo y placer desenfrenado, acomoda a plenitud sus caderas para sentir el roce interno en su vagina. Eligiendo la posición más placentera que siempre soñó, de un miembro en su cálida y suave carne.

La bravura de sus movimientos, hicieron que mis jugos explotaran y salpicaran el interior de su santo cuerpo.

Era mucha la pasión de estos amantes improvisados, que habían logrado acoplarse y fundirse en una sola pieza.

¡Muy rica y exquisita esta mujer, una sacerdotisa, que yo había endiosado de la noche a la mañana! Le seguiré dando atención, firme e intensivo, las veces que ella me lo pida.

Después del terremoto, siempre vienen las replicas. Pudimos replicar y repetir todo lo aprendido, nada era pecado, todo era natural. ¡Adore con pasión a mi diosa, la mujer más santa de esta tierra, una verdadera santa del amor!

La flauta de mi sobrino

Entré en la trastienda preocupada. Preocupada, porque lo que acababa de escuchar hacía un minuto, era preocupante, y afectaba a mi familia.

Se trataba de mi sobrino Jordi, mi único sobrino, hijo de mi hermana Natalia, mi única hermana.

Dos chicas, que habían estado unos minutos antes en la tienda, hablaban entre ellas, sin demasiada discreción sobre alguien, que, por lo que yo pude captar, era el relato de una escena que una de ellas, había tenido con un chico al que quería ligar, para llevarle a su apartamento, y correrse una noche de sexo desenfrenado. Pero, según parece, él se negaba a ir, dando excusas, que ella no parecía escuchar, hasta que él, le tuvo que decir la verdad, que era homosexual, que no le gustaban las mujeres, y que no quería ir con ella a ningún sitio.

Hasta ahí, no pasaba de ser una anécdota más del día, pero, cuando ya se iban a marchar, se refirieron al joven en cuestión como Jordi, el del Conservatorio. Esto coincidía con lo que mi sobrino estaba estudiando. Sería una casualidad, -me dije a mí misma.- ¿O no lo era…?

Porque yo, conocía bien a mi sobrino, pero claro, en estas cosas del sexo, una tía puede llegar a tener hasta cierta confianza con su sobrino, pero en mi caso, ni siquiera se me había pasado por la cabeza que pudiera ser homosexual. Pero, pensándolo detenidamente, la mayoría de las veces, las salidas del armario, pillaban por sorpresa a la familia más allegada.

La cosa es, que me preocupaba, no por el hecho en sí, de que mi sobrino fuera homosexual, ya que, hoy día, la homosexualidad es una opción admitida por un gran sector de la sociedad, No era por mí, sino por sus padres. La verdad, yo era la más progre de la familia, y no tendría absolutamente nada que objetar a mi sobrino, si es que esa, era su elección. En realidad, me preocupaba porque mi hermana, diez años mayor que yo, no estaba dentro de ese sector de sociedad que comprendiera, ó asumiera la homosexualidad, sino que, muy al contrario, era de las que pensaba que los homosexuales, eran unos anormales, un fallo de la naturaleza, y una vergüenza para la sociedad. Opinión que, con algún matiz, era compartida por mi cuñado, otra persona muy chapada a la antigua, y, supongo que como reza el dicho: “Dos, que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma opinión.”

Así que, ya os podéis imaginar cuál era mi preocupación. Si mi hermana ó su marido se enteraban del asunto, podían liarla gorda con mi sobrino.

Y yo, no sabía qué, pero algo, tenía que hacer. En primer lugar, tenía que salir de dudas sobre la identidad del presunto homosexual, pues, no fuera a ser que, entre tantos Jordi como pueden haber en Cataluña, aquél no tuviera nada que ver con mi sobrino.

Tenía que pensar la forma en que mi sobrino, me sacara de dudas respecto a su tendencia sexual. Nunca habíamos tocado ese tema, y la verdad, tampoco conocía demasiado, lo que él podía pensar al respecto. Pero, claro, no podía hacerle la pregunta directamente, pues, podía pasar que, si era cierto, lo negara directamente, y si no lo era, se podía ofender muchísimo con la pregunta. Así que, por una parte, debía actuar con prudencia y tacto, aunque era inevitable tener que entrar en un terreno un tanto escabroso para mí. Pero el motivo, era más que justificado. No quiero ni pensar, en la que se podía organizar en casa de mi hermana, el día que se enteraran del asunto. Si es que era cierto. Que yo, la verdad, tenía muchas dudas de que lo fuera. Pero lo averiguaría.

Durante varios días, estuve madurando la idea de cómo hacerlo.

Hacía unos meses, me había hecho instalar en casa un jacuzzi. La verdad, apenas lo había usado, pues, por una razón u otra, nunca parecía tener tiempo para disfrutarlo.

Pero podía servirme de él para mis propósitos. Le diría a mi sobrino, que no conseguía aprender a manejarlo, y que, si no le importaba, cuando él tuviera tiempo, me gustaría que se pasara por casa, para que me instruyera un poco en su manejo. Así que le llamé por teléfono, y hablamos sobre sus estudios de música en el Conservatorio, donde tocaba la flauta, y otras cosas sin importancia, para, al final, como quien no quiere la cosa, dejarle caer lo del jacuzzi.

-Jordi, por cierto… a ver cuando puedes venir a enseñarme el manejo del jacuzzi, pues no me aclaro con él…

-Claro, tía, cuando quieras… ¿Conservas las instrucciones…?

-Sí, claro… -dije.

-Pues si te parece bien, me paso el sábado por la tarde, y lo vemos…

-Vale. Estoy pensando que,… prepararé una cena, y aprovecharemos para charlar… Ya sabes, a tu tía, le interesan mucho tus cosas… ¡ja, ja, ja!

-Bueno, de acuerdo, precisamente este sábado, no iba a salir…

-Pues entonces nos veremos el sábado, sobrino… ¡vaya, si parece una cita…!

-Ja, ja, ja,…eres una caña, tía… ¡No parece que seas hermana de mi madre… Sois tan diferentes…! ¿A las ocho te va bien…?

-Claro que sí, sobrino,… bueno… te tendré el jacuzzi lleno de agua calentita, y así lo probaremos los dos,… ¿te parece…?

-¡Vaya, si no fueras mi tía, pensaría que me quieres seducir… ja, ja, ja…!

-Anda, tonto,… ya sabes que soy la tía que más te quiere,… ¡sobre todo, porque no tienes otra… ja, ja, ja!

-Vale, ahí estaré… chao, tía…

-Hasta el sábado, chao, Jordi…

El sábado preparé a conciencia el escenario. No sabía cómo se iba a desarrollar la acción, pero yo, estaba decidida a salir de dudas.

Cuando mi sobrino se marchara, ya lo sabría con toda seguridad. Hice la compra para la cena, y puse unos ambientadores muy sugerentes estratégicamente distribuídos, y unas velas aromáticas alrededor del jacuzzi. Preparé la cena y dejé todo dispuesto para la acción.

Me duché y preparé el jacuzzi, con agua caliente. A las ocho menos diez, llegó mi sobrino. Tras un beso protocolario, encendí el horno, y metí el asado que había preparado. Busqué el librito de las instrucciones del jacuzzi, y nos dirigimos al mismo.

-Jordi, mientras repasas las instrucciones, me cambiaré para tomar el baño. Tú, te puedes desnudar aquí mismo…

Mi sobrino, estuvo repasando las instrucciones. Cuando volví, Jordi me miró con los ojos muy abiertos, pues me había puesto un bikini tanguita muy atrevido. Los chorros estaban ya en marcha.

-Pero Jordi, venga, desnúdate y ven al agua, y aquí me explicas…

Jordi se comenzó a desnudar, y se quedó sólo con el boxer.

-Tía, no me he traído bañador…

-No importa, Jordi. Sin nada, venga, si soy tu tía. No me voy a escandalizar por verte desnudo. Mira, para que no te dé corte, me quitaré el bikini yo también…

Mi sobrino, abrió aún más los ojos. Con cierta prisa, se metió al agua, sentándose frente a mí. Me deshice de las dos piezas del bikini, y volví a sentarme, después de asegurarme de que le había mostrado primero, mi hermoso culo, y después mi depilado coñito, que, a pesar de los treinta y cuatro años, aún se veían tersos y sonrosados.

Vi a mi sobrino tragar saliva.

-¿No te estaré incomodando… verdad, Jordi…?

-Eeehh… no, no, claro que no, tía…. es que… bufff,… ¡estás tremenda…! ¡Por no decir otra cosa… ¡

-¿Qué pasa?… ¡yo creí que tu tía no te excitaría…!

-Joder, tía… digo no, joder, no… bueno, ¡no sé ni lo que digo….!

-Vamos a ver, Jordi… es de lo más natural sentirse atraído por una mujer… bueno, por una tía… bueno, da igual, qué más da… la cuestión es que la naturaleza es sabia. Si te atrae una mujer, es lo más normal del mundo, aunque sea tu tía, no crees…?

-Claro, claro, tía… ¡pero… es que… a mí…!

-Dime, a ti… ¿qué…? ¿No te atrae…? ¿Acaso tú… te sientes atraído por “otras cosas”…? Mira, que yo soy tu tía Gala, la que no se escandaliza por casi nada del mundo…

-No, no, tía … es que a mí, sentirme atraído por ti… no sé… es… es…

-Es lo normal en un hombretón como tú…-dije- y si no,… a ver,… -me acerqué hacia él, y busqué bajo el agua su polla, que ya estaba como una estaca.

-¿Ves…? Aquí está la prueba… ¡Ya me parecía a mí que no podías ser tú, el Jordi del que hablaban la pareja de chicas en la tienda!

-¿Una pareja de chicas en la tienda…? ¿Y qué hablaban…?

Comencé a contarle lo sucedido, mientras su cara iba cambiando hacia una risa hilarante…Cuando concluí, él, ya no podía reprimir las carcajadas.

-Joder, joder tía,… ¡jajajaja, que película me has montado…! ¡jajaja! ¡tú creías que… jajajaja…! Perdona, tía pero, es que tiene mucha gracia…. ¡jajajaja!

-Verás,… -dijo- fué una pesada que andaba detrás de mí varias semanas ya, y no se me ocurrió otra forma de quitármela de encima… ¡jajajaja!

-Entonces… ¿tú, no…?

-No, tía… ya lo has podido comprobar…

-Perdóname, pero me preocupé… No sabía cómo hacer… Tuve miedo de, -si era cierto- la reacción de tus padres… tenía que asegurarme…

-Pues no es así… -dijo, mientras se ponía en pié,- Y, ahora… ¿que hacemos con este instrumento….? –señaló a su enorme polla, mientras se la cogía con la otra mano…

Me embargó el sentimiento de haberle juzgado a la ligera, y, de alguna manera la necesidad de desagraviarle. Además,.. ¿para que iba a seguir buscando argumentos?. Al ver la tremenda polla, me entraron unas ganas terribles de follarme a mi sobrino…

Sentí una electrizante descarga de jugos en mi coño. Mi sobrino tenía la polla más hermosa, que había visto en muchos años. No tuve ya otra opción, que tomarla con mi mano, y meterme en la boca toda la que pude.

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La tenía muy gorda, caliente, palpitante. Era una maravilla, un sueño para una solterona como yo, que, a pesar de ser muy liberal, no podía decir que disfrutara muy a menudo de una buena polla, como aquella.

Se la mamé, se la chupé, se la succioné, le hice mil y una maravillas con mi boca. Su polla correspondió a mis caricias, dejando caer en mi lengua, algunas gotas del néctar de sus gordas pelotas, que me sabían a dulce gloria bendita.

Hasta que, no aguantando más, me puse sentada sobre aquella polla, y, rodeando su cintura con mis piernas, y colgándome de su cuello, nos apretamos mutuamente, hasta que, con un fortísimo espasmo, nuestros cuerpos vibraron y gozaron por unos segundos, de las más fuertes sensaciones que los humanos pueden experimentar.

Después de limpiarle con mi boca su precioso falo, me hizo tumbar sobre el borde del jacuzzi. Su lengua se deshizo en atenciones con mi clítoris, y, apartando con ella mis sonrosados labios, se introdujo dentro de mi coño, donde fué libando el néctar de mi flor, de la forma más delicada y placentera posible para mí, consiguiendo arrancarme los más sentidos gemidos, que mi boca, nunca antes habían emitido.

Sus manos, recorrían mi vientre con delicadeza, alcanzando mis pechos, los cuales amasaba con dulzura, sus dedos se empleaban en castigarme los duros pezones, frotándolos con precisión, haciendo que mi calentura, ya quedara totalmente fuera de control.

Finalmente, atrapando con su boca mi clítoris, succionando y mamando de forma simultánea, consiguió hacerme explotar en un fortísimo orgasmo, como nadie antes había conseguido arrancarme.

Tenía que reconocer que mi sobrino, era todo un virtuoso, manejando sus manos y su boca sobre mi cuerpo.

Cuando pude incorporarme, su cara reflejaba una mezcla de felicidad y agradecimiento. A sus diez y nueve años, había mostrado más destreza y habilidad, que muchos otros amantes ocasionales que había tenido. Y desde luego, una madurez que yo no sospechaba. Decidí que seguiría gozando, tanto como mi sobrino quisiera, de aquella hermosa polla, que tanto me había hecho gozar ese sábado.

Después cenamos, charlamos, y ya en la madrugada, nos despedimos como dos novios, hasta el sábado siguiente.

Creo que le quedó claro que yo, su tía Gala, era la tía que más le quería en este mundo. Y respiré aliviada, porque ahora yo, sabía que mi sobrino, también quería mucho a su tía Gala.

Atrapada por el volcán

Abril de 2010

Virginia leía las noticias en Internet, preocupada. El volcán islandés no paraba de expulsar cenizas al cielo, impidiendo despegar a los aviones de media Europa. Se veía atrapada y sin poder volver a casa.

Había pasado una semana de intercambio en un pueblo cercano a Londres, para mejorar su nivel de inglés. Se lo habían recomendado sus amigas, ya que aparte de aprender el idioma, se hacían muchos amigos y en general era una experiencia inolvidable.

Sin embargo para Virginia no había sido así. La familia que la alojaba dejaba mucho que desear. La casa no estaba demasiado limpia, y eran ruidosos y maleducados. Para colmo, el hijo de la familia, que era de la edad de ella, no le había quitado ojo de encima en toda la semana. Al principio solo eran miraditas cuando hablaban, o de reojo al cruzarse por la casa, pero los últimos días estaba intentando a toda costa conseguir algo con ella.

Y es que Virginia era una chica muy, muy atractiva. Siempre había sido delgadita y guapa de cara, pero sin demasiado pecho… hasta hace poco. En los últimos años se le había desarrollado hasta convertirse en todo lo contrario: ahora era, de largo, la pechugona y la tetona de la clase. Al principio estaba contenta con todo esto, pero se hubiera conformado con menos… le costaba mucho quitarse de encima a los chicos, tanto en clase como cuando salía de fiesta.

Mark, el chico de su familia de acogida, no era la excepción. Aprovechaba cualquier ocasión para rozarse con ella, abrazarla… a veces, después de haber estado hablando con él, Virginia veía que Mark se iba al baño y se quedaba allí encerrado durante largos minutos. No quería pensar lo que podía estar haciendo ahí dentro.

Virginia contaba los días hasta que acabara la semana y pudiera volver a su hogar en España. Sin embargo, justo ahora que tenía que coger el vuelo de vuelta, toda la actividad aérea estaba bloqueada, por el famoso volcán de Islandia. La cosa parece que iba para largo, y se moría de ganas de volver a estar con su familia. Le entraban ganas de llorar con toda esta situación.

Mientras tanto en Zaragoza, su ciudad natal, sus padres debatían sobre lo que hacer. Gracias al túnel del Canal de la Mancha, Virginia tenía la posibilidad de desplazarse en tren hasta España, pero debido a que no había vuelos, los trenes y autobuses estaban colapsados. No había un billete libre hasta varios días después.

Sólo quedaba una opción, y es que Juan, el padre de Virginia, se trasladara hasta allí en coche a recogerla. Sería mínimo un día de ida y otro de vuelta, por lo que pediría esos días libres en el trabajo, por tratarse de una emergencia. No lo pensaron demasiado, ya que no había otras alternativas, así que prepararon algo de ropa y comida y, a las pocas horas, Juan ya se encontraba conduciendo hacia Inglaterra.

Virginia recibió la llamada de su madre diciéndole lo que iban a hacer. Se sintió muy aliviada, ya que no quería enfrentarse a la marabunta de personas peleándose por conseguir billetes de tren o autobús. La familia de acogida accedió a alojarla un día más.

* * *

Juan llevaba todo el día al volante, pero había atravesado ya toda Francia. Hacía varias horas que había anochecido, pero había continuado lo máximo posible, hasta que empezó a notar que se dormía, así que decidió que era el momento de parar y descansar. En cuanto vio un hotel desde la carretera se detuvo. Ya había atravesado el canal, por lo que estaba ya en tierras inglesas, aunque todavía le quedaba un trecho para las afueras de Londres, donde su hija le esperaba. El plan era madrugar, recogerla pronto, y tratar de hacer el viaje de vuelta completo al día siguiente, para llegar a Zaragoza justo para dormir.

A la mañana siguiente le llamó la recepcionista del hotel para despertarle, como habían acordado. Desayunó y se aseó rápido y partió de nuevo. Gracias al navegador del coche no tuvo problemas en encontrar el pueblo ni la casa de Virginia. Una vez allí, vio cómo le estaban esperando fuera, tanto ella como la familia.

En cuanto bajó del coche Virginia corrió hacia él a darle un abrazo. Hacía tiempo que su hija no le abrazaba de esa manera, concretamente desde que se empezó a desarrollar y convertirse en una mujer. Desde entonces Virginia se había vuelto claramente más pudorosa con todo lo relacionado con su cuerpo, sobre todo el contacto físico.

Esta vez, sin embargo, estaba tan contenta de verle que le abrazó bien fuerte. Juan entendió ahora el porqué de ese pudor. Notaba contra su cuerpo todas esas curvas, y también su delicado perfume, ya que la cabeza de ella quedaba justo debajo de la de él, y el olor de su suave pelo invadía sus fosas nasales. Todo en ese cuerpo desprendía feminidad y sensualidad. Empezó a sentir algo dentro que le incomodaba, así que rompió el abrazo y trató de eliminar esos pensamientos de su cabeza. Saludó a la familia de acogida, simplemente dándoles la mano ya que apenas se comunicaba en inglés. Después empezó a meter el equipaje de Virginia en el maletero, mientras ésta se despedía de ellos.

Sin demorarse mucho arrancaron y empezaron el viaje de vuelta. Había que hacer de nuevo todos esos kilómetros, pero a Juan se le hacía ahora más llevadero con su hija al lado. Ésta no paraba de hablar. Contaba mil anécdotas y explicaba con detalle todas las cosas peculiares que tenían los ingleses. Juan se limitaba a asentir o a seguir preguntando para que ella siguiera hablando. No parecía que hubiera pasado allí una sola semana, de tantas cosas que tenía para contar.

Pararon para comer ya en tierras francesas. Allí era Juan el que se comunicaba mejor que Virginia, ya que había estudiado francés en el colegio. Comieron muy bien pero no pudieron reposar mucho la comida por las prisas.

A medida que se acercaban a casa, Juan se dio cuenta de que no llegarían en el día. Había aumentado la velocidad, pero aun así, llegarían demasiado tarde y sería peligroso por si le entraba sueño al volante. Y es que eran ya dos días de cansancio acumulado… Se lo dijo a Virginia y a ésta le pareció lógico. Ésta llamó a su madre para decirle lo que habían decidido. No pasaba nada, ya se verían a la mañana siguiente.

Ahora que no había tanta prisa, hicieron alguna parada más para estirar las piernas. Finalmente, ya entrada la noche, decidieron parar en un hotel. Estaban ya en España, en un pequeño pueblo justo al pasar la frontera.

Entraron y pidieron una habitación con dos camas. El recepcionista cogió una llave y les acompañó hasta la habitación. Al entrar notaron un olor raro. Al ver la cara que ponían, el recepcionista explicó:

« La habitación tiene un poco de humedad, pero es la única que nos queda de este tipo »

Indagando un poco, Juan descubrió una gran mancha de humedad en una pared, e incluso vio alguna cucaracha. Entonces respondió, « No tienen más dobles? »

« Sólo con cama de matrimonio »

Juan negó con la cabeza, « Bueno, entonces cogeremos una individual cada uno. En esta habitación no podemos estar ».

Entonces interrumpió Virginia, « Por mí no me importa la de matrimonio… ». No quería que su padre gastara más dinero por su culpa, y además la idea de dormir sola en ese hotel no le agradaba.

Juan le dijo al recepcionista que les enseñara las de matrimonio, y vieron que estaban en bastante mejor estado que la anterior. Se quedaron una, y al poco rato ya se quedaron solos, disponiéndose a prepararse para dormir. Mientras se preparaban, apenas hablaban. Estaban incómodos por la situación, y un poco cortados.

Virginia sacó su pijama de la maleta y fue al baño a cambiarse. Mientras lo hacía reparaba en las circunstancias. Iba a ser un poco raro dormir con Juan, en plan marido y mujer…

Al salir vio que su padre estaba ya en la cama. Se metió dentro y le dio un beso de buenas noches en la mejilla. En vez de tumbarse en su lado de la cama, le apeteció en ese momento recostarse al lado de él, abrazándole.

Y es que Juan era su héroe, su salvador. Había recorrido todos esos kilómetros para rescatarla de esa asquerosa familia inglesa, y la había traído hasta aquí, un lugar seguro donde se sentía cómoda y protegida, por primera vez en los últimos días.

Si el hombre que estaba a su lado no fuera su padre, no hubiera dudado un momento en entregarse a él en agradecimiento.

Por su parte, Juan también pensaba en lo extraño de la situación. Tenía entre sus brazos una auténtica muñequita, una chica joven y tremendamente atractiva. Desde que se tumbó al lado de él, había tenido una erección solo de tenerla al lado, y la erección no bajaba.

Además Virginia llevaba todo el día muy cariñosa, ¿querría algo? ¿o solamente se trataba de amor de hija? Juan no sabía si intentar algo con ella, y es que su mujer no le tenía precisamente satisfecho sexualmente, lo cual no hacía más que aumentar su excitación.

Durante minutos ambos esperaron a que el otro hiciera algo, a que diera el primer paso. Los dos tenían ganas de que ocurriera, pero lanzarse a hacer algo así era muy fuerte. Así que les fue entrando el sueño hasta que se quedaron dormidos.

* * *

Cuandó llegó la mañana, Juan se despertó el primero. Durante el sueño se había abrazado a su hija inconscientemente, desde atrás. Su paquete estaba tocando las nalgas de Virginia, y el olor embriagador de su pelo estaba justo al lado de su nariz. Juan trataba de negarse a sí mismo la evidencia, pero se sentía realmente atraído por su preciosa hija.

Pero ya era tarde, si había habido alguna oportunidad de que ocurriera algo entre los dos, había sido en la noche anterior. Se apartó un poco de ella, no fuera que se despertara y pensara que se estaba aprovechando de su cuerpo.

En efecto, Virginia despertó al rato. Tras darle los buenos días a su padre cogió ropa limpia de su maleta y una toalla y entró al baño a ducharse. Juan, desde fuera, oía el agua correr, y no podía evitar imaginársela desnuda allí dentro, a sólo unos metros, con el agua caliente recorriendo su suave piel de arriba abajo.

Después se oyó durante un rato el secador, y finalmente Virginia salió, completamente vestida, ya que se había llevado todo lo necesario al baño. Llevaba un top ajustado de color rosa pálido, pantalones vaqueros y deportivas. En unos minutos terminó de preparar sus cosas para ya marchar. Juan ya tenía todo preparado desde hace rato.

Finalmente abrieron la puerta y se disponían a salir. En ese momento pensaron en lo que venía ahora. Subirían al coche y recorrerían los últimos kilómetros hasta Zaragoza, y a partir de ahí, de nuevo la rutina del día a día. Atrás quedaría esa habitación donde tenían intimidad, cosa que no iban a tener de ahí en adelante.

Ambos se quedaron parados, sin querer salir, y se miraron a los ojos. En ese momento, sin ni siquiera hablar, se confesaron mutuamente lo que habían sentido esa noche. Ambos habían sentido atracción por el otro, a pesar del tabú, a pesar de que la sociedad dijera que algo así está prohibido.

Y allí tenían la última oportunidad de estar solos. Era ahora o nunca. Virginia sabía que su padre no se atrevería a dar el primer paso, así que supo que tenía que ser ella la que lo diera. Volvió a entrar a la habitación, sin dejar de mirar a Juan a los ojos. Éste hizo lo mismo, y una vez que los dos quedaron dentro, Virginia cerró la puerta. El corazón le latía a mil por hora.

De nuevo estaban en la intimidad de su habitación, pero esta vez era diferente. Los dos sabían ahora que el otro estaba dispuesto a llegar hasta el final. Virginia se acercó a su padre, rodeó su cuello con sus brazos y le besó en la boca apasionadamente. Juan no dudó, abrazó a su hija con fuerza y se fundió en el húmedo beso con ella. Estaban impacientes, apresurados, hambrientos. Al poco rato sus lenguas ya estaban jugando lascivamente una contra la otra.

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Virginia sintió en su culo las grandes manos de su padre, acariciándolo por encima de los vaqueros y después descaradamente amasándolo. Al hacerlo apretaba hacia sí el cuerpo de Virginia, y ésta pudo notar perfectamente en su pubis la erección que le estaba provocando a su padre.

Se fueron calmando tras el arrebato inicial, sin dejar de besarse pero haciéndolo con pausas, deleitándose, disfrutando del placer que les provocaba hacer esto. Las manos de Juan pasaban por la cintura y la espalda de su hija, pero no se acercaban a zonas más íntimas. Hasta que Virginia se animó a cogérselas, y llevarlas sin más preámbulos a sus pechos. Ambos sintieron una tremenda excitación en ese momento, no sólo Juan al poder finalmente disfrutar de las preciosas tetas de Virginia, sino también ésta al sentirse acariciada ahí.

Juan empezó a amasar esas tetas con pasión. Parecía no hartarse nunca. Sus manos recorrieron cada centímetro de ellas hasta casi conocerlas de memoria. Mientras tanto Virginia no estaba precisamente pasiva, sino que con su mano derecha tocaba y apretaba el paquete de Juan por encima de los pantalones.

La seriedad y la preocupación de los minutos anteriores se estaba desvaneciendo, sustituida por la excitación y las ganas de pasarlo bien y disfrutar. Virginia, con una sonrisa en su boca, dijo, « Venga, vamos a la cama »

Los dos amantes se dirigieron al lecho que iba a ser, desde aquel día, el de su primera vez juntos. Virginia hizo un gesto a Juan para que se tumbara boca arriba, y se puso encima de él a horcajadas, mientras se quitaba el top. Llevaba debajo un sujetador blanco, que se quitó también, mostrando por fin sus encantos a su padre. Éste, aun a riesgo de resultar previsible, elevó las manos para copar de nuevo con ellas los pechos de su hija y volver a manosearlas.

Mientras pensaba en todo esto, había ido desabrochando los pantalones de Juan, hasta que finalmente le sacó la polla, que estaba totalmente dura y apuntando hacia arriba. Apresuradamente, se quitó sus propios pantalones y las braguitas, ya que su vagina estaba deseosa de ser llenada. La notaba caliente, húmeda y anhelante. Necesitaba ese trozo de carne en su interior, y lo necesitaba ya.

Volvió a colocarse encima de su padre, y en ese momento él la interrumpió:

« Cariño… estás segura? »

Sonriendo dulcemente, Virginia respondió. « Claro que sí, papá. No te preocupes, disfrutemos del momento y ya está… »

Por fin, la joven empezó a descender hasta que el glande de su padre quedó contra sus labios vaginales, presionando y lubricándose con los flujos de ella. Siguió bajando, sintiendo como esa verga se iba insertando en lo más profundo de su ser. Lanzó un suspiro de placer cuando sintió que estaba completamente dentro, y sin demorarse más comenzó a subir y bajar, enviando oleadas de placer sexual hacia el cuerpo de su padre y el suyo propio.

Virginia saltaba con energía, sin importarle nada, más que correrse y que disfrutar. Oía los gemidos de su padre y eso la calentaba y lanzaba más aún. Las manos de él recorrían todo su cuerpo, estimulando sus zonas erógenas. A ratos Virginia se inclinaba hacia delante para besar lúbricamente a Juan, y para que sus cuerpos se frotaran deliciosamente.

Se dedicaron a darse gusto en esa posición durante un buen rato, hasta que se cansaron de ella. Virginia se incorporó, y se dio la vuelta para ponerse a cuatro patas sobre la cama. A Juan le sorprendió que ella quisiera que la follara de esa manera tan indecente. Pero al fin y al cabo, lo que estaban haciendo ya era bastante prohibido, como para andarse preocupando por tonterías.

Juan se puso detrás de ella, y tras deleitarse un rato con las vistas y acariciando las suaves nalgas de su hija, se acercó más y la penetró por la vagina. Al principio agarraba las caderas de ella mientras la embestía, pero después prefirió agarrarla los hombros para poder hacer más fuerza. Virginia agradeció esto, ya que así la notaba más fuerte y más adentro.

Virginia se acordó en ese momento de Mark, el baboso que se había tirado toda la semana anterior con la vista fija en sus curvas. Seguro que hubiera dado lo que fuera por estar donde estaba Juan ahora. Se alegró de que se hubiera quedado con las ganas y de que un hombre de verdad, como su padre, estuviera disfrutando de su cuerpo.

Efectivamente, la joven no aguantó mucho más y tuvo un orgasmo, tratando de contener los gemidos. Juan, satisfecho de haber llevado a su amada hija al clímax, siguió bombeando tratando de alcanzar su propia culminación. Virginia se dejaba hacer, ofreciendo su sexo. Poco después, Juan empezó a descargar chorros de semen en el sexo de ella, en una corrida especialmente copiosa.

En ese momento la realidad se le vino a la mente. Viendo a su propia hija, desnuda, a cuatro patas en una cama, y alojando una verga dentro de su sexo, su propia verga, empezaron a venirle los remordimientos. Lo mismo le pasaba a Virginia. Una vez sexualmente saciada, no comprendía cómo habían podido llegar hasta ahí.

Se vistieron apresuradamente, sin mediar palabra, y al rato por fin abandonaron la habitación. Ya en el coche, fueron avanzando hacia casa, a más velocidad de lo debido ya que habían partido más tarde de lo que se suponía. Ambos pensaban en lo que venía a continuación, volver a ver a la familia, la casa, la vida diaria, y en cómo iban a afrontar lo que había pasado.